Minientrada

Un pequeño experimento (Retorno)

Anestesiame. Quiero ver de qué está hecho el mundo. Qué es lo que hace la gente de su mundo. Y por qué se han marchado. Al más gris y oscuro de los paraísos.

No quiero ver mi muerte. Y no quiero ver mi vida. Si es la vida de un poeta. uno que ha pecado. por sentir demasiado.

quiero beber de tu nectar. adormecerme y jamas despertar. como los hijos de la noche. sus ojos enfurecidos. y vivir pernoctando de dia sin descanso. de noche sin vivir.

puede que salga y muera esta noche. fuere a jamas regrezar. por fabor no me recuerden como fui en vida kuando me vean.

;P

El camino

Era ya al salir el sol, yendo por un recodo del camino de tierra a unos kilómetros de Odessa. Había estado conduciendo desde hacía varias horas y no podíamos encontrar el rumbo aún. Aparté la vieja carrocería a un costado del camino y al mover mi brazo para poner el freno de mano golpeé el muslo de Katyusha sin querer, aunque no pareció notarlo. A ella se le notaba hastiada, pero a mí no me importaba demasiado; por alguna razón no estaba molesto y eso que era yo quien conducía. Abrí la puerta y tomé una gran bocanada de aire fresco antes de hacerme hacia un costado rodeando el automóvil para orinar. El borscht no me había sentado bien, y ahora sentía el estómago pesado, pero intuí que al expulsarlo de mi el malestar cesaría. Por unos momentos alcé la vista y la mirada se me extravió en la vastedad del paisaje; era una de esas llanuras ucranianas de pastizales amarillentos que siempre parecen extenderse alcanzando los horizontes de todas direcciones, como el mar. Finalicé la meada y al volver a subir al auto revisé mi reloj, poniendo el cambio con la otra mano. “Tiene que ser por aquí” dije con la mirada atenta al camino. Ella suspiró resignada con un dejo de indignación o hastío y se reclinó en el asiento, callando como siempre hace cuando está molesta. Trabajamos juntos en la Cheká desde hace cinco años, así que lo sé, con el tiempo llegué a conocer todas sus manías. Bueno, sé que dije que estábamos cerca, pero creanme cuando les digo que aún falta un buen trecho para llegar y hay mucho que contar, así que pónganse cómodos.

Yo entré a la cheká a través del comisariado del pueblo. Durante la guerra había estado en el departamento de contrainteligencia. Y hablando con total sinceridad, pasé cada uno de esos días con los pantalones cagados, temiendo el día en el que a alguien se diese cuenta de que no sabía un carajo y decidiese mandarme al frente. Supongo que tuve suerte. Pero para el final de la guerra me sentía un inútil; veía a todos esos jóvenes, muchos aún más jóvenes que yo, con sus piernas amputadas y sus rostros malformados, y esos ojos vacíos pero honrados cual hombre que se sabe victorioso tras haberlo dado todo por amor a su patria, y me sentía un verdadero ingrato. A todo esto, mi hermano había combatido en Finlandia y por sus distinciones le habían otorgado un lugar en la Cheká al servicio de un tal comisario general Sarichev de Odessa, un hombre bajo, rechoncho y sumamente vago que actualmente es mi jefe, aunque uno no lo creería capaz ni de empuñar un cuchillo de cocina en nombre del partido, el muy procrastinador. El caso es, como venía diciendo, mi hermano, quien movió un par de hilos como buen veterano de guerra consentido por los burócratas para conseguirme un trabajito en la duma en Odessa. Yo acepté buscando un cambio de aires de la agobiante Moscú, quizás para olvidar todo el embrollo que tenía en la cabeza. Estuve unos meses como notario asistiendo a todas y cada una de las sesiones del consejo, escribiendo hasta que se me desprendiesen los dedos, aunque nada de ello fuese requerido puesto que había otros tres hombres que hacían el mismo trabajo junto a mí y toda la exigencia recaía sobre ellos. Supongo que podría no haber escrito nada y se habría molestado en notarlo, tal era la inoperancia. Al cabo de unas semanas, para colmo, dieron vacaciones por el cambio de quinquena y para ese entonces ya me sentía completamente frustrado; no creía posible que en la patria de los trabajadores fuese tan difícil hallar un trabajo productivo, mi único anhelo era devolverle a mi patria las muchas bendiciones que se me habían otorgado y sin embargo tal cosa me resultaba tan esquiva que comenzaba a maldecir mi suerte. Y ya que estamos en confianza y no tenemos ningún comisario por aquí, he de admitir que por aquel entonces comencé a asistir a ciertas reuniones de movimientos antirrevolucionarios, codeándome entre toda clase de mencheviques y fascistas. Llegué a contemplar la hipocresía de una nación que cultivaba en sus niños los brotes del patriotismo y el sacrificio por la patria solo para encerrarlos luego tras un escritorio entre cuatro paredes y un cuadro de Stalin para vivir en eterna procrastinación usufructando parasitariamente de la plusvalía por derecho propiedad proletaria. Pero todo eso eran patrañas paranoicas de adolescente, y ahora lo sé bien gracias a una persona, quien me salvó de las garras del troskismo y me alejó de mi infundado resentimiento.

Su nombre era Anatoliy Volodarsky (¿Valadorsky?), un moscovita alto y de anchos hombros, algo bruto y zafio pero de buen corazón. Lo encontré por primera vez una tarde en la que regresaba a mi casa tras una… Reunión, en casa de un escritor bastante “blanco” con nombre de edificación bíblica. Era un día muy gris y el sujeto se acercó a mí y comenzó a caminar discretamente a mi lado. Luego me detuvo y me dijo que conocía a mi hermano y que habían conseguido para mí un trabajo en Kotovsk, para la Cheká. Entusiasmado empaqué todas mis cosas y ese mismo día me marché en el tren de la medianoche, el expresso de Odessa-Zhmerinka. Desde aquel entonces estoy donde estoy y por como estoy no me puedo quejar. Sirvo a mi patria de la mejor manera posible y la gente me lo agradece todos los días; se me ve con respeto y admiración y muy placentero resulta ver los rostros de los trabajadores tan agradecidos. Pues como todo el mundo sabe, cuando el proletariado se siente agradecido por sus chekistas, se siente agradecido para con su patria y no se siente rechazado ni olvidado por esta, y así es como tiene que ser.

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Ahora estoy viendo más adelante los tejados de chapa metálica, y esa tiene que ser la granja. Nos habían enviado a una kolkhoz, cerca de la frontera del Óblast hacia el oeste, donde según el comisario se había estado recibiendo contrarevolucionarios huidos de Odessa. Bajé del auto al camino pedregoso tras estacionar a un lado del patio principal que separaba las dos grandes casas comunales, saqué mi pistola de debajo del asiento y la revisé, y luego miré a Katyusha, como revisándola a ella también, de una manera que siempre lo hacemos antes de una confrontación importante. Ella me miró de regreso con esa mirada profunda y sardónica de ojos pardos negruzcos con leves atisbos de ascendencia judía que ella siempre negó y muchos le recriminaron. Aunque de judía en actitud tenía muy poco, ni de rusa tampoco en ese aspecto; creo que si le preguntaran a ella simplemente diría que poco le importa con ese tono cínico y delicadamente agresivo que únicamente ella con su voz puede conjurar – Un espectáculo realmente atemorizante el hacerla enfadar, eso lo puedo atestiguar -. Aún así he de admitir que siempre me pareció sumamente bella, de una manera que solo un compañero de trabajo y amigo como yo podría atestiguar objetivamente – No le confiaría ni una estufa con esas actitudes que tiene de vez en cuando, mucho menos una familia si sintiese algo por ella, pero eso no le quita lo bonita -. Serán esos aires tan particulares que dejan entrever sus ojos que han contemplado los lados más oscuros de la vida y portan el pesar de los contratiempos y las decepciones, a algunos hombres les atrae eso, la experiencia de vida. Y cierto es que ella me lleva algunos años en edad y unos muchos en tiempo de servicio; datos que por cierto no puedo expresar con palabras lo mucho que me costó averiguar. Solo decir que, para empezar, tuve que amigarme con el funcionario de la comisaría que organiza el papeleo, el irritante Mikhalkov que sería capaz de mandonear al secretario general del partido si se inmiscuyese en sus dominios (Escena que numerosas veces he recreado en mi mente con gran contento, especialmente los numerosos decapitamientos, ahorcamientos, ahogamientos y toda clase de terribles actos que en mis maquinaciones el señor Stalin sería muy capaz de emplear como castigo por tal insolencia), pero he de decir que en cierta manera la hipocresía lo valió, pues en las recurrentes ocasiones en las que el burócrata se retiraba al baño o a ladrar unos cuantos regaños por ahí a los ociosos de la comisaría yo quedaba solo con el gran archivo a mi disposición, conteniendo todos los jugosos legajos de mis compañeros que procedí a ojear con sumo disfrute. La edad de Katyusha ciertamente me sorprendió en un principio pues, a pesar del rostro ensombrecido y apesado y el carácter de lobo estepario de garras afiladas, siempre noté en ella una cierta vivacidad o ingenuidad con un dejo de idealismo nihilista que siempre me resultó, francamente, algo infantil, por no mencionar su complexión que es mas bien pequeña y huesuda, tal que a primera vista de no ser por la insignia – Que irónicamente rara vez usa excepto cuando en servicio – jamás diría uno que una mujer tan particular es en realidad agente de la Cheká – Y una muy buena en lo que hace, vale destacar, aunque rara vez se lo retribuyan -. No se lo retribuyen y además mucho se habla de ella a sus espaldas y en ocasiones no tan a sus espaldas, y en torno a su figura se arremolinan cantidad de mitos y rumores que yo según mi experiencia jamás he tenido la suerte de atestiguar; dicen que fue telegrafista en Kiev durante la guerra y que cuando los alemanes asaltaron el edificio mató a dos con un bolígrafo antes de escapar lanzándose al vacío por una ventana -Cosa que a mí me parece de lo más admirable aunque las maneras en las que mis compañeros relatan siempre la historia no parezcan reflejar el mismo sentimiento-, cuando yo llegué al pueblo se me tenía bastante mal por forastero y novato, y solo fue tras un tiempo que me enteré de que en un principio se me había asignado con Katyusha como una broma pesada en ansias de que me espantara y regresase a Odessa, y henos aquí ahora, cinco años después. Asentí levemente con la cabeza y ella me señaló con la cabeza con tanta expresividad que me pareció extraño, y comenzó a caminar hacia la granja por el camino de gramilla fina, clamando ya los gallos por la inminente mañana tras del alba.

Era una estrecha escalera que llevaba a una puerta igualmente estrecha, demasiado para una casa tan grande, pues parecía no complementarse con los grandes ventanales con celosías amarillas que a su vez no se comlementaban con los colores del resto del edificio, que ante tanta incongruencia se antojaba realmente feo. Golpeé la madera hueca y desvencijada con los nudillos, subiéndome el cuello del abrigo ante el viento que comenzaba a soplar más fuerte. Miré levemente hacia mi lado donde estaba Katyusha detrás mío, sentada contra el barandal observando la nada misma; creí que sentiría frío también pero no parecía inmutarse demasiado. Me devolvió la mirada enarcando una ceja y en ese momento se abrió la puerta. Un judío de barba espesa abrió la puerta y al vernos se le notó una conmoción en la mirada como un susto repentino, y al hablar pareció murmurar algo inentendible, acallado por el ensordecedor trinar de los pajarillos recién despiertos. No di mucha importancia y simplemente procedí a hablar con un tono cordial y afable pero serio -Quizás demasiado serio- “Buenas tardes, camarada, queríamos saber si aquí vive el señor Pavel Stravinsky” y lo miré fijamente, poniendo mis manos dentro de los bolsillos del abrigo; siempre creí y siempre digo sin la más mínima humildad ante lo innegable que puedo ser bastante carismático cuando me lo propongo, y sin duda me encanta proponérmelo. El sujeto se quedó pensativo un momento y luego negó con la cabeza y con la voz. Yo sabía que no era verdad, así que insistí con un segundo nombre: “¿Y el camarada Konstantin Zabolotsky?”, a lo que el judío negó nuevamente casi sin haberla considerado, al instante. Suspiré y desvié la mirada, frotándome las manos. De reojo vi que Katyusha aún estaba detrás de mí; a veces me parece tan silente y escurridiza que tengo que verla para estar seguro de que sigue allí. “Camarada, sabe que es delito mentirle a un oficial de la Cheká, díganos donde está, por favor” dije haciéndome un tanto el hastiado, a ver si lo espabilaba con el miedo al sujeto, pero siguió negando profusamente y tras de eso nerviosamente me cerró la puerta en la cara. Yo no lo detuve, pero no me hice esperar tampoco para derribar la vieja puerta prefabricada con la suela de mi bota. Soy un hombre bastante corpulento he de decir, por lo que no me costó demasiado, ni siquiera con el granjero apoyado contra esta con el ojo sobre la cerradura. Entré y tomé al condenado judío del pescuezo para ponerlo de pie, sosteniéndolo frente a mí con fuerza. Se olía en el aire el aroma a menchevique asustado. “¿Dónde están?” dije más agresivo ahora sí. De reojo divisé una sombra a mi lado y volteé viendo a Katyusha que se alejaba revisando tranquilamente las cosas sobre las estanterías del comedor. Entonces volví la mirada hacia el traidor, que al fin confesó. Eran seis, estaban en el sótano.

Dejé al pobre desgraciado a un lado y salí junto a Katyusha, le dije que esperara y fui hasta el auto en busca de la Degtyaryov 40 que llevo siempre en la cajuela; un arma exquisita sin lugar a dudas. Revisé el cerrojo y agradecí el haber recordado -Esta vez sí- llenar el cargador, cosa que suelo olvidar frecuentemente pues se trata de una tarea muy tediosa. Regresé a la granja con la metralleta bajo el brazo y dimos la vuelta a la casa hacia la entrada del sótano. “¿El plan de siempre?” me dijo ella, deslizando grácilmente el frío metal de su pistola por sus manos al amartillar. El comentario me tomó algo por sorpresa pues yo estaba revisando el cargador del subfusil bajo sospechas de que se había atascado -Cosa que en un tiroteo a tan corto rango creanme, no es algo que quieran que pase-, pero alcé la vista y asentí, y luego descendiendo con el peso de mi bota pateé la puerta de madera que se abrió develando la escalera hacia la profundidad del sótano. Descendí de manera casi rítmica, danzando por los escalones, por alguna razón me sentía eufórico. El tiroteo me dejó un tanto aturdido de los oídos por la terrible acústica entre esas cuatro paredes de cemento macizo. No quería ni una de las setenta y un balas dentro del cargador, así que descargué unas cuantas ráfagas más para asegurar, tratando de no disparar al rostro para no dificultar el reconocimiento de los cadáveres. Vi que había una manzana en la mesa que era tan brillante y redonda que no pude evitar tomarla en mi mano y darle un mordisco mientras analizaba la situación. Mientras tanto metí la mano dentro del bolsillo interior de mi chaqueta y saqué las fotos de los individuos, corroborando identidades. Eran los tres que buscábamos y tres más de yapa. El comisario se iba a alegrar.

“Tengo frío” dijo Katyusha sorbiendo por la nariz y yo alcé la mirada de las fotos al oirla. “Volvamos al auto” siguió y yo di otro mordisco a la manzana, riendo levemente y afirmando. Guardé las fotos en mi abrigo de nuevo y retornamos al auto. Fuera los pájaros de la mañana hacían un verdadero alboroto y volaban por todos lados. Uno se había posado sobre el capó del auto y trinaba ruidosamente picoteando la carrocería como si fuese el suelo mismo. Saqué de mi abrigo mi pistola pues se me había ocurrido que sería gracioso dispararle a la ingenua ave y así lo hice; le colocé el disparo como un verdadero francotirador y luego volteé sin poder evitar reír levemente hacia Katyusha, quien esbozó una risilla leve, luego volviendo la mirada hacia el frente. A estas alturas ya casi que me daba por esquizofrénico, pues era la primera vez en cinco años que la veía sonreír y no de manera irónica o sarcástica, si no genuinamente por gracia. No pude apartarle la mirada de encima por unos momentos, simplemente anonadado a tal punto que casi me golpeo contra el auto. Nos subimos al destartalado Pobeda y emprendimos el regreso a Kotovsk.

En el auto los dos agentes recorrieron los pedregosos caminos de regreso a la autopista. Ilya se había quedado callado, pensativo, tratando de descifrar aquella risa que aún le daba vueltas por la cabeza, mirando extrañado a su compañera cada tanto, que iba como usualmente lo hacía, en total y completo silencio, desparramada en el asiento simplemente observando la infinidad del paisaje. Cansado de la quietud sepulcral, el moscovita rompió el hielo como un majestuoso buque insignia con otro de sus pensamientos graciosos. “Aquel judío menchevique, el de la camisa blanca” dijo mirando a su compañera con una sonrisa, luego tornando su vista de regreso al camino, aún sonriente al elucubrar la gracia en su cabeza. “Se había meado entero en los pantalones, deberías haber visto las caras que puso” y volvió a mirarla, entre risas, al momento en el que ella lo miraba también y su parca expresión comenzó a cambiar lentamente, delineándose en su rostro una sincera sonrisa acompañada de una risa leve al momento en el que la mujer se acomodaba en su asiento, devolviendo apaciblemente la mirada hacia el frente tras reír unos momentos. Ilya simplemente la miró y la contempló casi sin comprenderlo, abrumado por una felicidad tan extraña y repentina que le arrancó una risa inevitable de dentro suyo, y los ojos se le humedecieron. La miró como lo más bello jamás contemplado durante el transcurso un instante que pareció sumamente extenso, y que quizás en perspectiva podría haber resultado ser bastante extenso, pues ninguno de los dos pudo ver que el camino apenas más adelante se terminaba. Las llantas gastadas del Pobeda patinaron en el barro suelto a la orilla del camino y siguieron de largo a pesar del recodo, y siguieron de largo a pesar del declive del terreno y a pesar de las rocas y los árboles y la caída y las vueltas y más vueltas que el vehículo dio al impactar contra las grandes rocas sobre la ladera hasta detenerse violentamente contra unos árboles, humeante y abollado como un amasijo de latón informe. Y ni el fuerte acero soviético de la carrocería ni la clemencia del destino ni mucho menos ninguno de esas deidades opiáceas que no existen de aquel lado al este del gran muro pudo salvar a los dos agentes de su trágico final.

A veces los caminos se terminan antes de comenzar su ascenso. Tal es la arbitrariedad de la vida. Escoged el sentido que prefiráis.

Todo el mes me tuvo en vela mi internet con su lentitud y a estas alturas ya no tengo música para escuchar y esto es fruto de ello. Temo que si no se soluciona la situación comenzaré a escribir todos los días. Ayuda.

Creo


Creo en la pureza de intención
en el verdadero valor
de la palabra bien situada

Creo en el calor del corazón
cuando se extiende en un abrazo
a través de los muros de la razón

Creo en la amabilidad sin dolor
en la bondad que es verdadera magia
y obra por contagio del amor

Creo en mis convicciones
pues si no fuese yo el que alumbra
nadie más lo haría

Creo en la condena de la soledad
que se abalanza siempre sombría
a veces aún en compañía

Creo en mis miedos, mis temores
en el génesis de mis dolores
las riquezas siempre se pierden
pero los cielos nunca se oscurecen

Doce reflexiones

  • De los dos no es más idiota el que ignora y pretende no saber, si no el que sabe y pretende no ignorar
  • Aquel que busca obtener el éxito rara vez lo merece, y el que busca merecerlo rara vez lo obtiene
  • A veces hace falta incertidumbre, oscuridad para que la luz no nos enceguezca
  • Los animales son el orden más alto del ser, únicamente capaces del sentimiento más puro, libre de la corrupción y manipulación de la mente
  • Cuenta la historia que Dios se hizo hombre para que el hombre deje de querer ser Dios


  • El hombre no es más que la suma de los valores que adopta, o la falta de ellos
  • La religión es simplemente un tipo de espiritualidad forzada que constantemente busca difuminar los límites entre rito y revelación, interpretación y enseñanza
  • El conocimiento es una enfermedad para la que el mundo moderno ya ha encontrado una cura
  • La paradoja es el origen del pensamiento; buscar la verdad absoluta es atentar contra el intelecto
  • A veces hace falta incertidumbre, oscuridad para que la luz no nos enceguezca
  • Encuentro que solo ante la incierta quietud de la noche el mundo terreno cede a la imaginación
  • Nunca antes había tenido el hombre tales cantidades de conocimientos a su alcance como los tiene hoy en día, y así mismo nunca antes había preferido la ignorancia al saber con tan fanático fervor.

Esto es amar…

Esto es amar: volar hacia un cielo secreto, causar que cien velos caigan cada momento. Primero dejar ir la vida. Finalmente dar un paso sin pies.

Nadie mejor que Rumi para ilustrar estos primeros vástagos de lo que vendría a ser este espacio, una humilde morada de pensares huérfanos que no encuentran su lugar en las cotidianidades de mi haber, que han rondado a espaldas de mi mente por tiempo indefinido y he de plasmar hasta el más crudo de los detalles en este lienzo intangible.